El fin de la funa
Una polémica
Preámbulo
El siguiente texto se escribió en otoño del 2025 para la plataforma digital Revista Cubo Blanco, editada por Edgar Alejandro Hernández. Después de un largo y reñido proceso editorial, nuestras diferencias en relación al mismo se tornaron inconciliables. Presento aquí la última versión, incorporando retroalimentación, ediciones y respuestas de mis colaboradores en esa revista, así como otras compañeras.
Hasta este momento, he contribuido a Cubo Blanco con total y sincera confianza en el criterio del editor para mantener una plataforma abierta y autocrítica, donde no existen temas vedados y en la que se abren discusiones que nos conciernen a todas en la escena del arte contemporáneo en México. Nunca consideré que publicar en Cubo Blanco equivaliera a pedir la última palabra, sino invitar respuestas a lo que se proponía para discusión. Es en ese espíritu que se ofreció la siguiente polémica.
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El fin de la funa
Hace algunos meses, en el directorio de colaboradores de esta revista, apareció junto a mi nombre el de un artista denunciado por violación. No lo advertí en su momento pues los señalamientos corresponden a una época anterior a mi participación en el mundo del arte de la Ciudad de México y los desconocía. Lo primero que me impresionó descubrir fue que habían sido tres las mujeres en firmar la denuncia; me sorprendió aún más entender que también otro colaborador sumado este año fue señalado del mismo delito en circunstancias similares al anterior.[i] Como me lo narraron, las denuncias habían resultado en que ambos fueran “funados”: condenados al ostracismo.
Al cerrarse el 2025, pareciera que esa sentencia ha terminado. No es sólo en Cubo Blanco que se les han presentado oportunidades a estos dos colaboradores.[ii] Hace tres meses me encontré con la obra de uno de ellos en Guadalajara, en una exposición curada por Abraham Cruzvillegas en Espacio Cabeza; semanas después, me topé con la del otro en una intervención curada por Pepx Romero en Trámite Buró de Coleccionistas, en Querétaro. Ambos llevan ya varios años exponiendo su obra en recintos que incluyen la galería Campeche, CCU Tlatelolco, y el Palacio de la Autonomía de la UNAM. También han asistido nuevamente a eventos, fiestas e inauguraciones en museos, galerías y librerías de la Ciudad de México y han participado en la creación de un nuevo espacio independiente con financiación de una reconocida mecenas.
Listo estas instancias no para condenar, sino dirigir nuestra atención hacia un cambio que percibo generalizado en esta escena. A mí no me compete, ni es mi lugar, litigar lo ocurrido hace años, entre personas a quienes no conozco, en un ecosistema al que no pertenecí. Me interesa preguntarme lo que ocurre hoy, en esta plataforma, en una comunidad a la que sí aporto y me desenvuelvo. ¿Cómo deseamos quienes conformamos esta comunidad que se maneje la vuelta de quienes fueron señalados públicamente de tales delitos en el pasado reciente? ¿Cuáles son las dinámicas de convivencia que deseamos ahora construir?
La forma del fin
Cuando primero me propuse escribir este ensayo, pensé que era necesario describir la naturaleza de la funa para nombrar su fin. Hoy, tecleando ya la enésima versión del texto, reconozco que esa aspiración se me perfiló imposible: los movimientos sociales como éste son fundamentalmente desordenados. En su origen no cabe lo complejo, lo difícil y lo amorfo en lo que devino la funa.
Para un movimiento sin dirigencia, poder político, ni medios para enjuiciar de modo estructurado, la funa consiguió un nivel de injerencia real impresionante entre el 2019 y 2020.[iii] Como me la describieron quienes hablaron conmigo al respecto, la funa —el mecanismo de exclusión de artistas y agentes culturales, mayormente hombres, acusados de violación y acoso sexual, mayormente por mujeres— parece la tempestad ante la que nadie se hincó. Su propósito rector, hacer de la escena artística un espacio más seguro para las mujeres que lo habitamos, tuvo diversas e imperfectas interpretaciones. Esto sacó a relucir reparos entre los que se transitó desde el delito hasta el agravio, e imposibilitó, para mal, la diferenciación entre grados de severidad. En el caso de los colaboradores de Cubo Blanco, se trató de denuncias públicas de violencia sexual, de la que una sigue accesible en la red y para las que no existe respuesta ni disculpa pública.[iv]
Al verlos reintegrados a la escena, concluyo que la fuerza aplanadora de la funa se ha disipado de modo definitivo. El deseo por sentar nuevas normas en las relaciones entre hombres y mujeres quedó en lo abstracto y el mecanismo activado fracasó como estrategia de cambio social. No abogo de ninguna manera por reanudar la exclusión ni la intimidación que marcaron la funa; mi propósito es señalar el hecho de su fin para transitar así, conscientemente, hacia lo que le seguirá.
Lo primero que me parece importante que reconozcamos como comunidad es que las acciones de exclusión ocurrieron desde lugares de poder y no por el clamor generalizado que la funa hizo posible en redes. La exclusión fue adoptada como estrategia de manejo de crisis por agentes y líderes (es decir, directoras, mecenas, galeristas, editores) cuando evaluaron que el costo de inclusión de una persona denunciada era demasiado alto para la institución o plataforma que dirigían. Lo que logró la presión ejercida por la funa fue una respuesta, no un cambio social.
Pasado un plazo de espera a que el disturbio causado por la inclusión de los denunciados se disipara (5–7 años), son una vez más las líderes y agentes con poder quienes nos marcan el paso: han reincorporado a los denunciados sin el anterior costo a sus espacios o reputación. No hubo clamor, por ejemplo, cuando aparecieron publicados en esta plataforma. A quienes observamos este fenómeno desarrollarse a lo largo del año, esto lo que nos modela públicamente es una aceptación tácita de lo denunciado.
¿Por qué no causa ya indignación generalizada que aparezca Fulano o Mengano en un evento en el MUAC, o una fiesta del Chopo? Una posible explicación es que la exclusión fue, desde el comienzo, fragmentaria y difícil de mantener por la siguiente obviedad: los denunciados eran miembros de la escena artística. Llevaban años en la comunidad desarrollando y sosteniendo lazos profesionales y personales de los que naturalmente surgen lealtades y afectos resistentes a movimientos sociales y políticos. Nunca estuvieron totalmente ausentes. No es posible extirpar un solo nodo de una red sin dañar a la misma, ni debiéramos castigar los afectos genuinos de amistad, pareja o compañerismo que representan el último tesoro en este fin de los tiempos.
También debemos reconocer que la escena es un enjambre vivo: las personas que la conformamos cambiamos conforme pasaron los años. Se fueron de México personas que participaban en la escena en el momento de la funa, incluyendo una de las denunciantes. Llegamos nuevas personas que no conocíamos las denuncias y quienes, justamente por la distancia que mantuvieron los señalados, no los reconocemos. Esto es normal en una escena inscrita en una comunidad global donde la migración es rutinaria por las becas, programas e instituciones internacionales con las que nos sostenemos.
Finalmente, a diferencia de otros gremios, en las artes visuales nos enfrentamos a la distinción entre un creador y su obra; en el medio circulan ambas y no necesariamente permanecen vinculadas. Que la alta calidad o relevancia de una obra pudiera justificar su exposición o publicación a pesar de las denuncias en contra del creador era una postura indefensible durante la funa. La exposición pública de la obra de los denunciados a lo largo del año demuestra una renovada disposición por observar la separación entre obra y artista.
Estos cambios en actitud y participación pública, así como la redistribución de agentes con poder entre museos, galerías y plataformas que conforman la escena (entre otros) resultaron en que, a lo largo del 2025, el fin de la funa se consolidara de modo fundamentalmente discreto. Pero, si la notoriedad de los señalados se fue diluyendo, ello no minimiza la seriedad de las denuncias púbicas en su contra ni la necesidad de tratar el tema que la funa sacó a relucir; eso es, la realidad de la alta incidencia de violencia sexual en contra de mujeres en nuestro país, y su dimensión en la escena de las artes visuales.
La posibilidad del porvenir
La primera noche que pasé en pareja, me desperté en la madrugada a darme cuenta que estaba siendo violada. No es sino hasta hoy, al teclear de lleno esa oración, que reconozco la naturaleza de lo acontecido. En el momento, intenté racionalizarlo: explicármelo como un paso en la construcción de la intimidad, una expresión normal del deseo, e incluso un comienzo a la complicidad que se vive en pareja. Alimentada por la ilusión de descubrir finalmente lo íntimo, construí una delusión que normalizó el hecho de no haber dado consentimiento; como si, al concederlo una vez, este cubriera incluso momentos en los que no estuviera yo plenamente consciente. Que la denuncia en contra del colaborador junto al que aparece mi nombre en esta revista incluya una descripción de actos similares no es entonces para mí un detalle menor: no siento gusto de rememorar los eventos que me provoca ver su nombre junto al mío. Siento enojo. Siento rabia.
Revelo la naturaleza de las emociones que me mueven a escribir esta polémica porque me parecen un elemento crucial para entender la funa, su fracaso y el trabajo que tenemos todas por delante si genuinamente deseamos construir una escena libre de violencia sexual. No es provechoso aproximarnos al tema sin primero aceptar lo profundamente emocional del asunto para la mayoría de quienes alzan la voz. El desahogo de lo nunca antes discutido por vergüenza, temor o impotencia fue parte intrínseca del proceso que comenzó hace años. A distancia, parece evidente que desde ese lugar de profunda vulnerabilidad no iba a ser posible proponer un cambio positivo y duradero a las normas de conducta sexual sin apelar a lo punitivo. No hay negociación posible desde el abismo que supone reconocer que, por la voluntad de alguien más, cargamos algo roto en nuestro interior.
En un país donde la tasa de violencia sexual es aún hoy obscena, no me parece que la aceptación tácita que nos han modelado desde lugares de poder sea un modo acertado de dar fin a la funa. Considero que el conocimiento público (aunque irregular) de las denuncias, la falta de una respuesta o disculpa pública y la abierta reincorporación de los denunciados merecen ser discutidos, no para volver a enjuiciar a los individuos, pues no son ellos el meollo del asunto, sino por lo que su reincorporación modela para la comunidad. Su reaparición a lo largo de este año es, por ejemplo, una muestra de cómo proceden los testimonios de mujeres en contra de hombres con mayores conexiones en el gremio; el resultado debería de preocuparnos a todas. No será posible crear mejores modos de convivencia que el modelado por la discreción y la aceptación tácita si no nos empeñamos primero en sostener discusiones francas y honestas sobre el sexo, nuestra educación sexual y las dinámicas heredadas de siglos pasados que toleran los delitos privados y las violencias íntimas desde posiciones de mayor poder. Estas son conversaciones que debemos fomentar todas.
Por separado, apelo a quienes, incluido mi editor en esta revista, han sido partícipes directos del fin a la exclusión de los artistas denunciados y les hago una propuesta. Si sus amistades, vínculos profesionales o afectivos, o admiración genuina por la obra de personas quienes ustedes saben fueron denunciados por violencia sexual les movieron a incluirlos nuevamente en la escena, tomen entonces la iniciativa de que los espacios por ustedes custodiados, que son públicos y por ello pertenecen a todas quienes participamos de la comunidad artística, se conviertan en lugares donde se aborde conscientemente el tema de la violencia sexual en contra de las mujeres. Comisionen textos que discutan la violencia sexual en la escena artística de modo explícito; organicen charlas y mesas de discusión sobre la funa para que hagamos memoria y busquemos la reconciliación —este es un primer paso fundamental. No podremos volver a hablar honestamente del tema ni disipar la ansiedad que ese momento alimentó si no surgen oportunidades de discusión en comunidad. Considero que el fin debiera ser normalizar la discusión pública del tema para así combatir tanto el tabú como el impulso por el castigo; no callar.
Más allá de fomentar la discusión abierta del tema, sería relevante desarrollar políticas institucionales que respondan a las múltiples facetas de este problema. En relación a la exposición o publicación de obra de artistas con acusaciones, modelen transparencia: desarrollen normas y documentos internos y comuníquenlos públicamente para que se conozcan los estándares bajo los que opera su institución, y así no se enquiste la percepción de que el amiguismo impera. Por otro lado, busquen alianzas con centros de salud que ofrezcan talleres de reeducación sexual adulta o programas de apoyo a la salud mental a los cuales puedan referir tanto a su personal como al público —la violencia sexual es, después de todo, también una cuestión de salud pública. Ustedes son nuestras modelos a seguir: no quiten el dedo del renglón de un problema que vive y mata en la intimidad de nuestros hogares, nuestras recámaras, nuestras camas.
Si no compensan la reincorporación de quienes fueron señalados por violación con actividades de concientización sobre la violencia en contra de las mujeres en México, la aceptación tácita que cada una de ustedes nos modela contribuye en vez a la normalización de la violencia sexual y el silencio generalizado en torno a la misma. Así como el partido hegemónico se hace de la vista gorda con agresores a quienes el fuero protege, así arropan ustedes a quienes, igual que los congresistas, nunca se han disculpado públicamente. No nos hereden un ejemplo tan cobarde y dañino como lo es el “aquí no pasó nada”. A ustedes directoras, editores, curadores y colegas: reconozcan su agencia y responsabilidad pública y condúzcanse conforme a la excelencia de esta escena. Ya dieron ustedes pie al fin de la funa; modelen ahora dignamente las lecciones de su asimilación.
[i] El año referido es el 2025.
[ii] Los textos publicados en Cubo Blanco resultan de propuestas directas de cada colaborador y no surgen de comisiones de parte del editor.
[iii] Las denuncias ocurrieron fuera del sistema legal mexicano y por ello no se desarrollaron conforme a los procesos, exigencias y protecciones que la ley demanda. Tuvieron lugar en el espacio público y tomaron formas diversas a las planteadas por el sistema legal, marcando una novedad; precisamente por ello me parece necesario que se discuta públicamente lo que resultó de un proceso que propuso un cambio fundamental en el modo que nos aproximamos al problema de la violencia sexual en México.
[iv] A petición del editor, Edgar Alejandro Hernández, pedí a los aludidos que corroboraran si habían sido denunciados y, consecuentemente, excluidos de la escena. Sus respuestas fueron afirmativas.
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